Opinión

11 de abril de 2019 18:43

Un brevet para padres y madres


A medida que las sociedades han ido creciendo y su administración se ha ido complejizando, se ha hecho necesario el uso de los permisos: el permiso de conducir, por ejemplo. Todos debemos demostrar ante una autoridad competente que sabemos operar un vehículo y que no pondremos la vida de nadie en peligro. Los restaurantes también necesitan permisos para operar y, en otras sociedades, existen permisos para portar armas: todos para asegurarse de no poner en peligro a nadie. 

Sin embargo, la tarea que más responsabilidades arrastra, que puede causar un daño inconmensurable en la gente y que es, probablemente, una de las tareas que una gran mayoría de la población va a realizar alguna vez en su vida, no tiene ningún tipo de control: la tarea de ser padres.  ¿Debería existir un brevet para ser padre y madre?

Según la Defensoría de la Niñez y Adolescencia el 89.5% de los casos de violencia infantil se producen dentro de la familia. Lo que quiere decir que existen padres temerarios que ejercen su paternidad sin medir el daño que pueden generar. Según un informe de UNICEF para el año 2017 dos tercios de los niños en América Latina sufren algún tipo de violencia en sus casas. Eso quiere decir que dos tercios de los padres no son aptos para ser padres.

Los permisos son medidas preventivas para evitar que alguien genere un daño en la sociedad al realizar alguna actividad; sin embargo, no existen medidas preventivas serias contra el abuso y la violencia infantil en nuestra sociedad. Sólo existen medidas punitivas que actúan después de que haya pasado una desgracia… o dos, o cien. ¿Por qué no se hace nada para prevenir estos alarmantes niveles de violencia ante una población que es incapaz de defenderse? La respuesta es dura: porque en nuestra sociedad el niño es un ciudadano de segunda, el niño está deshumanizado.

En el siglo XIX con la presencia del racismo científico y el darwinismo social, todos aquellos seres humanos no blancos no formaban parte del “ideal” de humanidad, entonces no eran considerados humanos. A la vez, fue Betty Friedan quien inspiró la segunda ola del feminismo al cuestionar el “ideal” que se había impuesto para la mujer bajo la etiqueta de la feminidad. Es así que, de la misma manera que Friedan nos hablaba de la Mística de la Feminidad, existe una mística de la infancia o la idea de un “niño ideal”. En el año 2017 salió por primera vez en Bolivia la Encuesta Mundial de Valores, de este informe saco los siguientes datos que nos pueden ilustrar acerca de esta mística de la infancia. En este informe se preguntó ¿Qué considera Ud. que es especialmente importante enseñar a los niños? Estos son los resultados:



83,4% considera que lo más importante que se le debe enseñar a un niño son buenos modales, 69,6% cree que es la responsabilidad lo más importante y 48,1% cree que lo más importante es la obediencia. Es decir, el niño ideal es el niño con buenos modales, responsable y obediente. ¿Cuál es el problema de este modelo ideal de infancia? ¿Está mal querer niños bien portados y obedientes? Al igual que no es malo que una mujer quiera ser madre y usar faldas y tacones, tampoco es malo querer enseñar obediencia y buenos modales; lo malo, es cuando se prohíbe a las mujeres ser profesionales o usar pantalón; lo malo, es cuando se cree que un niño que no obedece es un mal niño. 

Es aún, creo yo, peor para los niños. En primer lugar porque el niño no tiene la capacidad de organizarse políticamente para cuestionar los estereotipos impuestos y luchar por sus derechos como lo hace ahora el feminismo por las mujeres. En segundo lugar, y muy importante, porque en nuestra ignorancia, no sabemos que el niño no tiene las capacidades físicas ni psicológicas para cumplir con este ideal. 

Tener buenos modales no implica solamente conocer qué se puede hacer y qué no, sino que dependen de la capacidad de poder manejar las emociones. Un niño es FISIOLÓGICAMENTE INCAPAZ de hacer esto porque su cerebro no se ha desarrollado lo suficiente para hacerlo: su sistema límbico no está desarrollado.  Cuando un niño quiere un chocolate, no lo obtiene y llora no es malcriado, simplemente es incapaz de manejar su frustración. ¿Qué se debe hacer? Enseñarle a manejar sus emociones, contenerlo y consolarlo hasta que aprenda a hacerlo por sí mismo. ¿Qué hacemos? Le pegamos, le gritamos, lo humillamos. Como el niño deja de llorar pensamos que lo hemos educado, pero la verdad es que el niño ha dejado de llorar porque está congelado de miedo.

Para que un niño sea obediente debe tener buena memoria para recordar las órdenes que debe cumplir. Necesitamos de la memoria operativa para seguir órdenes y esta no comienza a desarrollarse si no desde los 5 años y termina de desarrollarse hasta los 11 años. Lo que quiere decir que un niño menor de 5 años puede seguir instrucciones pero las olvida rápidamente. Un niño pequeño no te desobedece, se olvida lo que tiene que hacer porque su cerebro es físicamente incapaz de retener esa información aún. Para ir fortaleciendo su memoria necesitan que les repitan las cosas un millón de veces, pero esta actitud es vista como desobediencia. Y como me desobedece, le pego. 

¿Qué hacen entonces estos padres temerarios que imponen un ideal de niño y que, al ver que su hijo no es así, recurren a la violencia para forzarlo? Los dañan de por vida. Interrumpen su correcto desarrollo. Nos dejan ser humanos rotos, deprimidos y enfermos. Nos dejan ser humanos que han aprendido que la violencia es la respuesta a todo y, en cuanto tengan la oportunidad, serán violentos con el resto. Nos dejan un peligro a la sociedad. 

No teman, sé que nunca habrá un brevet para padres, sé también que en ningún lugar se aprende a ser padre o madre; pero sí que se puede desaprender a ser violento, a ser abusivo y, la ignorancia, se cura leyendo. 

Ana Lucía Velasco es politóloga, investigadora social y docente en la UCB.