Opinión

12 de julio de 2018 19:33

El cliché del pedófilo


En 1961 The New Yorker envió una corresponsal al controversial juicio por genocidio de Adolf Eichmann, el hombre encargado de transportar a todos los deportados a los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. La corresponsal identificó que el acusado no tenía una trayectoria antisemita conocida, tampoco aparentaba ser una persona mentalmente enferma, ni siquiera particularmente mala. Concluyó, entonces, que la prensa había pintado una imagen de un monstruo, la imagen pura de la maldad, que no correspondía con la realidad.

Adolf Eichmann fue sentenciado en 1962 y fue ahorcado en Israel. Pero ¿qué pasó con los hallazgos de aquella reportera que había descubierto que Eichmann no era un monstruo? ¿Es que la prensa y la sociedad habían hecho escarnio público y habían linchado al acusado antes de ahorcarlo?

La reportera era Hannah Arendt y su reportaje dio paso a uno de sus libros más conocidos: “Eichmann en Jerusalem. Un Informe sobre la Banalidad del Mal”. La conclusión más importante de esta renombrada politóloga es que las personas que son capaces de realizar los hechos más crueles y atroces, no son particularmente malvados: la maldad es más banal de lo que pensamos. Eichmann era efectivamente culpable pero no era un demonio, ni siquiera era antisemita, sólo era un burócrata que seguía instrucciones sin cuestionarse sobre el “bien” o el “mal”. Para Hannah Arendt, esta condición banal de la maldad sólo hace que sea más fácil que se propague y más difícil que se combata, ya que mientras todos estamos a la caza de los demonios más malvados, no nos damos cuenta que cualquiera, hasta el más “normal”, es capaz de los actos más atroces.

El caso del actor Cacho Mendieta sacó a relucir precisamente esta nuestra condición humana: buscando al monstruo pedófilo que nos hemos imaginado en nuestras cabezas, luchamos contra nosotros mismos ante la posibilidad de encontrarlo no sólo en una persona “normal”, sino en alguien a quien admirábamos, que nos hacía reír o con quien simpatizábamos. Nos hace sentir incómodos porque nos obliga a preguntarnos ¿Cómo he podido admirar a un pedófilo? ¿Cómo juzgarlo y condenarlo sin juzgarnos y condenarnos a nosotros mismos?
Considero que esta es la razón por la cual algunas personas defienden la inocencia de Mendieta; quienes, alegando que solamente piden un proceso justo, no utilizan la misma energía para pedir lo mismo para otros acusados de pedofilia. Porque el delincuente anónimo no nos interpela, pero el delincuente conocido nos obliga a destruir la visión de mundo que teníamos. Una visión de mundo en la que los pedófilos son el demonio, los feminicidas son la representación de la maldad, los machistas son enfermos mentales y los racistas son la encarnación de Hitler. Una visión de mundo hecha de clichés.

Estos clichés son una especie de atajo que ayudan a comprender la sociedad sin estudiarla a fondo, una simplificación total. ¿Cómo funcionan? Si el pedófilo, el feminicida, el machista y el racista representan al mal, es necesario armar la representación del bien. Esta representación en nuestra sociedad se resume, entre otras cosas, en: buena apariencia, modales, una profesión respetable, una buena familia, fama, elocuencia, etc. Estas se convierten en una especie de garantías personales: “Es un joven con buenos modales ¡imposible que sea machista!” “Es un respetable y conocido doctor, no puede ser pedófilo” “Yo lo conozco, es  de buena familia, no puede ser racista”. ¿Y qué pasa cuando alguien traiciona los clichés que usamos para ordenar nuestra sociedad? Nos resistimos, no creemos y nos aferramos al cliché porque admitir su derrota nos obligaría a admitir que nos hemos equivocado en todo lo que pensábamos y defendíamos. Y esto es doloroso.

 Pero también muy necesario, porque es hora que como sociedad comencemos a defender valores y no clichés: si defendiéramos valores exigiríamos garantías para la niña (porque aún si la teoría de que Mendieta estuviera siendo perseguido políticamente fuera cierta, la niña seguiría siendo la  principal víctima) si defendiéramos valores no llamaríamos a testificar a las ex novias de un acusado de femenicidio para que nos cuenten si él acusado era “bueno” o “malo” porque al hacerlo estamos defendiendo el cliché del hombre y la mujer “de bien”, supuestamente incapaz de hacer ningún mal, y nos olvidamos que las razones detrás del mal, cómo descubrió Arendt, pueden y por lo general son, totalmente banales: unos tragos de más o una pelea entre novios. Por defender nuestro cliché nos olvidamos que deberíamos luchar por relaciones románticas menos destructivas y en contra de una sociedad demasiado tolerante con el consumo del alcohol.

Tengamos el valor de admitir que el racista no sólo es el admirador de Hitler y que también puede ser el profesor de universidad o la señora del micro. Seamos valientes para admitir que el machista no sólo es el que le pega a su mujer y que también puede ser el publicista renombrado que recurre al desnudo para vender muebles. Nos atreveremos a admitir que el pedófilo no es un monstruo sacado del repertorio mitológico más oscuro y que puede ser nuestra estrella musical favorita. Seamos valientes, pues, para dejar de defender clichés y comprometernos con valores profundos, aunque nos obligue a destruir nuestra forma de ver el mundo.

Ana Lucía Velasco es politóloga, investigadora social y docente en la UCB.
Twitter: @AnaVelascoU