Opinión

21 de julio de 2019 17:22

22 de julio: Día internacional de Trabajo Doméstico


¿Qué hace que nuestras vidas sean sostenibles? ¿Es más importante ganar un salario para satisfacer nuestras necesidades básicas? ¿O es más importante tener nuestras necesidades cubiertas para poder tener la suficiente salud para rendir laboralmente? ¿Por dónde se empieza?. Tres estrategias son ejecutadas por hombres y mujeres para poder tener una vida profesional y una familiar; una identidad pública y un espacio privado. La primera estrategia es delegar, por lo que el cuidado de los hijos u otras personas que necesiten cuidado, así como las tareas domésticas son delegadas a niñeras, abuelas, enfermeras, hijas mayores, trabajadoras domésticas, servicios de catering, tutores escolares, servicios de transporte infantil, entre varios otros. Sin embargo, no somos muy buenos delegando: la Organización Internacional del Trabajo OIT ha identificado que en el año 2018, en todo el mundo, las mujeres realizan el 76% de todo el trabajo doméstico sin recibir ningún salario, dedicándole 3,2 veces más tiempo que los hombres. Pero aún si decidiéramos delegar y pagar por ello, esto también nos enfrenta a una decisión moral: hacerme la vida más fácil a mí, pero complicársela más a otras. Katrine Marcal, autora del libro “¿Quién le hizo la cena a Adam Smith?” habla de esta disyuntiva moral de la siguiente manera: “La propia noción de una carrera profesional a tiempo completo todavía se apoya en la idea de contar con un servicio doméstico a tiempo completo. Hoy en día, las mujeres han de trabajar a tiempo completo, pero la ayuda doméstica a tiempo completo solo está disponible para aquellas que pueden permitírselo. ¿Quién limpia en casa de la limpiadora? ¿Quién cuida a la niña de la niñera?”.

La segunda estrategia más común ha sido, simplemente, elegir una de dos. Cada vez más personas en el mundo, deben decidir si desean tener hijos o si desean tener una carrera profesional. Una de dos, pero no ambas; porque tener ambas, se ha convertido en un lujo. Históricamente, las mujeres están teniendo cada vez menos hijos, o simplemente, han decidido no tenerlos. Por otro lado, un número importante de quienes tienen responsabilidades domésticas que no pueden evadir, han tenido que dejar de trabajar. La OIT ha calculado que en el año 2018, 647 millones de personas en el mundo han dejado de trabajar para atender sus responsabilidades familiares. Del total de estas personas, 93% son mujeres. ¿Las consecuencias? Sociedades cada vez más viejas (debido al agotamiento del bono demográfico), sociedades más deprimidas (debido a la soledad que implica el cambio de las estructuras familiares) y sociedades más injustas que alejan a las mujeres del mundo laboral impidiéndoles tener una identidad pública y que alejan a los hombres de la vida familiar impidiéndoles forjar una identidad privada. Además, para los bolivianos esta decisión es particularmente difícil. La Encuesta Mundial de Valores realizada en Bolivia el año 2017 nos ha mostrado que las dos cosas más importantes en la vida de los bolivianos son la familia (93%) y el trabajo (91%). Es importante entender, entonces, que en un país con estos valores, tomar la decisión de tener una u otra cosa es realmente devastador.

Por lo tanto, la última estrategia, y quizás la más común en Bolivia, ha sido: intentar hacerlo todo de todas maneras y esperar lo mejor. Lo que nos hace preguntarnos ¿Cómo hace una mujer que tiene que atender a tres hijos, su educación, su alimentación, su salud, además de su propia salud, las tareas domésticas, las responsabilidades económicas, sus responsabilidades profesionales, su vida de pareja y su vida personal? ¿En qué momento vivir se convirtió en una tarea tan difícil?

El filósofo Byung-Chul Han ha denominado a nuestra sociedad actual como “la sociedad del cansancio” ya que el éxito es una obligación, más que una posibilidad. En una sociedad en la que elegir entre tener familia o tener una profesión es casi imposible, tener la posibilidad de elegir “el no elegir” entre una y otra, se ha convertido en la definición de éxito; por lo tanto, las personas exitosas son las que pueden tenerlo todo, familia y trabajo. La obligación de ser exitoso - en todos estos ámbitos– hace que los seres humanos exijamos tanto de nosotros mismos, que terminemos por agotarnos. “Ahora uno se explota a sí mismo y cree que está realizándose”, dice el filósofo. También afirma: “El exceso del aumento del rendimiento provoca el infarto del alma.” ¿Estamos viviendo en una sociedad que nos está infartando el alma?

Pareciera que hemos estado construyendo nuestra propia trampa, por lo que lo único que tiene lógica ahora es destruirla. Replantearnos todo. Riane Eisler en su libro “La verdadera riqueza de las naciones” propone que, quizás, los recursos económicos más importantes de las naciones no son los financieros, sino las personas mismas y el medio ambiente en el que estas viven. Cambiar nuestro entendimiento de riqueza a uno en el que ésta no sea sinónimo de dinero si no de bienestar y felicidad, nos obliga a abandonar nuestras nociones más básicas de economía para empezar a hablar de la economía del cuidado solidario.

¿Qué significa hablar de una economía del cuidado solidario? Implica que el bienestar de las personas no depende únicamente del dinero que estas tengan. Implica que las capacidades para el desarrollo, la productividad y el crecimiento económico de las naciones dependen de la existencia de un sistema de cuidado que en la actualidad es invisible para los principales indicadores económicos, se sustenta en una división sexual del trabajo injusta y procura las peores condiciones para el desarrollo sano de la vida. Implica el reconocimiento que, a lo largo de nuestras vidas, todos los seres humanos necesitamos cuidar y ser cuidados, que sin estos cuidados no existiría la vida; y que por lo tanto, el cuidado es tanto un deber como un derecho, y que como tal, debe ser visibilizado y protegido. Si entendemos esto, si aceptamos que, del hecho de cuidarnos los unos a los otros depende la vida misma, entonces ya no podemos seguir sosteniendo que la manera en la que se organiza el cuidado es un “asunto privado de cada familia”. Debemos tener el coraje de admitir que las nociones de corresponsabilidad del cuidado no implican solamente compartir las tareas de cuidado entre hombres y mujeres al interior del hogar; si no entre las familias, el sector privado y el Estado.

Desde 1983, cada 22 de Julio se celebra el Día Internacional del Trabajo Doméstico en un afán de visibilizar la cantidad de trabajo sin remuneración, sin visibilidad en las cuentas nacionales y sin protección laboral que es necesario para sostener el sistema económico bajo el que vivimos; pero sin el cual, la vida no sería sostenible. Es importante que recordemos que hoy en día tener suficiente tiempo para preparar nuestra propia comida es visto como un lujo; pero que si no comemos de forma sana nos enfermamos y nos morimos. Es importante que recordemos que poder tener tiempo para las personar que amamos hoy es un lujo, pero si no lo hacemos nos enfermamos y nos morimos. En el mes de agosto, OXFAM lanzará un informe completo sobre el estado de la economía del cuidado en Bolivia, donde podremos ver con datos confiables qué tan sostenible es vivir en Bolivia, sin infartarse el alma.   

Ana Lucía Velasco es politóloga, investigadora social y docente en la UCB.
Twitter: @AnaVelascoU

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