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Opinión

15 de octubre de 2019 10:26

Elegir entre la legalidad y la ilegalidad


A una semana de estas mancilladas elecciones, no queda como columnista, otra opción que volver al tema de marras. Nadie va a negar que los últimos años, han sido en términos económicos los mejores de la historia de este país, aunque siempre es bueno relativizar algunos aspectos, para empezar se puede decir lo mismo del país más cercano a nuestra realidad, que es el Perú, que ha pasado por un periodo de bonanza similar, pero que de seguro la ha aprovechado mejor. Es más, es muy posible que la brecha entre ambos países, pese al cacareado mayor crecimiento de Bolivia, sea hoy más grande que hace 15 años, y eso pese a la enorme crisis institucional que está viviendo nuestro vecino.

Es importante recalcar, que el bienestar de la Bolivia Plurinacional no es debido a Evo, sino que lo es a pesar de Evo, más allá de que su influencia pudo haber sido mucho peor. Los expertos en economía ponderan buena parte del manejo macroeconómico que tuvo lugar por lo menos hasta hace unos tres o cuatro años, cuando las vacas dejaron de estar gordas.

Evo Morales ha desincentivado, a partir de leyes absurdas, el surgimiento de empresas legales, no necesariamente debido al doble aguinaldo, que es un despropósito por otros motivos, sino por las dificultades que existen al momento de despedir a personal cuando la economía de una empresa así lo requiera, en algunos casos, para sobrevivir. Ha creado sistemas tan engorrosos de importación que lo único que ha terminado haciendo es fomentar rutas de contrabando que llevan a la extorción y a males mayores.  Y ha invertido en proyectos absurdos como los aeropuertos de Copacabana o de Chimoré.

La era de Evo ha significado la inversión millonaria en proyectos fallidos, o cosméticos, como es inclusive el laudado teleférico de La Paz, y ha tratado con negligencia rubros extremadamente importantes, como la salud, la educación y como hemos podido presenciar con horror estos últimos meses, el cuidado al medio ambiente. 

Pero aunque las cosas se vieran de otra manera, y se creyera que todo fue maravilloso, que hasta la horrorosa EvoTower, es una maravilla, el problema principal, es que Evo no es un candidato legítimo, Evo es un violador de la Constitución, para colmo, de la misma Constitución que su gobierno hizo aprobar. Y eso la gente correcta, el ciudadano consciente, simplemente no puede aceptar. 

La perpetuación de alguien en el poder ha sido y es desde siempre una mala idea, los que están mucho tiempo en el poder, pierden el sentido de la realidad, y Evo es una clara demostración de eso, casi un ejemplo de manual. Las constituciones han sido hechas para limitar el poder del gobernante de turno, y Evo ha ido contra ruta, y para lograrlo ha destrozado la institucionalidad del país. Haber torcido la ley, ha sido posible a partir de tener a la peor escoria en los puestos claves en los momentos claves, hay demasiados cómplices en esta burda ruptura de la legalidad. 

Un poderoso, aunque hubiese sido un gran y justo gobernante, no puede salirse con la suya, no puede jugar con las leyes e interpretarlas como le da la gana, esa es una ofensa para el ciudadano. Votar por Evo es rendirse al cinismo, es reconocerse como imbécil que acepta el ridículo argumento del derecho humano de violar la Constitución, para beneficio propio.

La democracia con una Constitución no respetada simplemente no existe, Evo Y Álvaro no pueden ser reelegidos, y en esta coyuntura, toca, haciendo de tripas corazón, asistir a la urnas de estas y expresar un rechazo contundente. Como dicen los que saben de elecciones y conteos, no es una opción pifear el voto propio, por más ganas que se tengan de hacerlo, lo sensato es  dar el apoyo electoral al antagonista más sólido de la dupla usurpadora. 

Agustín Echalar es operador de turismo