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Opinión

11 de febrero de 2019 09:48

De Chile con (des) amor


Las relaciones entre Chile y Bolivia han sido extremadamente complejas, las heridas de la guerra del Pacifico han sido restregadas de manera constante a este lado de los Andes, el servicio militar, las horas cívicas y ciertos discursos encendidos han logrado que el amor a la patria incluya una porcioncita de odio al enemigo de entonces. Los eventos de El Alto en octubre del 2003 se explican también debido al uso de ese sentimiento tan arraigado (no solo) en las clases populares, y que ha sido utilizado por los demagogos de turno en más de una ocasión.

Las últimas veces el antichilenismo fue utilizado primero para disminuir el efecto del gasolinazo de fin de año en el 2012, y luego para atacar a un periodista de fuste, como es Raul Peñaranda, que es uno de los críticos más consecuentes y serios del gobierno, y que tiene profundos lazos familiares con Chile, algo que desde el poder se utilizó como su talón de Aquiles. 

Lo cierto es que más allá de ese sentimiento de rechazo, como sucede en cualquier país que comparte frontera con otro, las alianzas matrimoniales entre Chile y Bolivia en las más distintas clases sociales son mucho más grandes que lo que el patriotismo local permitiría, dos hijos de presidentes bolivianos se casaron con jóvenes mujeres de Chile, y se habla de más de cuarenta familias de las llamadas “élites”, que han tenido alianzas matrimoniales entre ambos paises, en las clases medias, y en los segmentos más populares, obviamente el número es mucho mayor, a tal extremo que tenemos el caso de la flamante presidenta del Senado, que como se ha venido a saber, no solo tiene una madre chilena, sino que cuenta también, porque eso le asiste por derecho con la nacionalidad del “hermanastro” país. 

La constitución boliviana permite no solo conservar dos nacionalidades, sino que no pone ninguna limitación a quien las tiene para ejercer ningún cargo público, de ahí, que como dijo Álvaro García Linera, Adriana Salvatierra podría llegar a ser (con un poco de suerte no solo para ella), la próxima presidenta de Bolivia. Y la primera presidenta de este país con nacionalidad chilena.
El problema es que no solo tenemos esos (des)afectos hacia Chile, sino que precisamente el gobierno del MAS los ha exacerbado in extremis, los ha usado como estocada contra sus antagonistas políticos, como sucedió en el ya mencionado caso de Raúl Peñaranda Undurraga. 

Si los masistas tuvieran el menor rasgo de bonhomía, deberían ya sea, ser consecuentes con su línea y pedir a Adriana que dé un paso al costado, (además considerando que ella ocultó una información fundamental en su hoja de vida), o en su defecto, acercarse a  Raúl Peñaranda a pedirle disculpas. Amanda Dávila podría hacer un mea culpa, pero eso es como pedir peras al olmo. De hecho en lo único que son consecuentes las gentes del gobierno es en su impostura, en sus contradicciones y bueno, en sus irrefrenables ansias por permanecer en el poder. 

La senadora Salvatierra no ha cometido un delito que tenga cárcel o que debería ser pasible a un desafuero, de hecho su situación es legal, aunque obviamente, si algo sucede antes de que cumpla 30 años, no podrá ejercer la primera magistratura del país.  Queda pendiente sin embargo la pregunta de porqué el “Comintern” del MAS la escogió para ese tan importante puesto, y no se crea que esta es una pregunta machista. 

Finalmente queda sobre el tapete la discusión de si realmente es conveniente que alguien con dos nacionalidades llegue a ser Presidente de un país. Nuestra Constitución que lo permite, puede ser que sea muy moderna y muy avanzada, o simplemente defectuosa. 

Agustín Echalar es operador de turismo

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