Barlamentos Por Winston Estremadoiro
Barlamentos

UN SCHWEITZER ESPAÑOL ENTRE LOS ITONAMAS

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Albert Schweitzer fue un filántropo alemán que murió en África. Se destacó en estudios de teología, filosofía y medicina. Con un futuro brillante, vaya golpe de timón que le dio a su vida al graduarse de médico y partir a un villorrio en el Congo francés a fundar un hospital. Eximio músico, con sus conciertos de música de Bach hizo conocer su filantropía y financió su obra de médico y apóstol. Mereció el premio Goethe en 1928, el Nobel en 1945 y la Legión de Honor en 1948.

En este mundo gélido y cínico, renueva la fe enterarse de que hay apóstoles que dedican su vida a hacer el bien a sus semejantes desposeídos, cual Albert Schweitzer redivivo, aunque sin los honores que se merecen. El Padre José, como le conocen en el país de los Itonamas, es uno de ellos.

José Manuel Barrio Fernández, nació en 1925 en San Clemente de Valdueza, provincia de León, España. Llegó a Bolivia en 1948 como filósofo y con votos solemnes en los Frailes Menores de San Francisco de Assis, el santo de la humildad y el apego a la pobreza. De la filosofía derivó a la teología y fue ordenado sacerdote en 1951 en Buenos Aires por Tomás Aspe, quien fue obispo emérito en Cochabamba y terminó sus días como capellán de un leprosario.

Ya intuía su apostolado al estudiar biología, anatomía, fisiología, higiene y control de enfermedades como si fuera a ser médico; psicología como para tolerar el errático comportamiento humano; arqueología y arquitectura como para construir iglesias y puentes sin ayuda de profesionales, ausentes de todas maneras; astronomía como para orientarse en noches de caminatas en la selva tupida, de regreso después de alguna emergencia.

El Padre José ha pasado 63 de sus 86 años en Bolivia y casi 60 en el Beni. En la confluencia de los ríos Blanco y San Martín que forman el río Baures en camino a desembocar en el Iténez, Bellavista era una barraca con una centena de lugareños en 1968. Como reguero de pólvora corrió la noticia del cura recién llegado que atendía a todo enfermo, y además hospedaba y alimentaba a sus acompañantes. Confluyeron indígenas Baures, Itonamas y Sirionós. El émulo del santo de Assis trazó las calles con la ayuda de los recién llegados, ordenó el proceso de dotación de lotes y les ayudó con materiales para que construyesen sus pahuichis. Bellavista hoy alberga casi 4.000 almas.

Olor a santidad tiene un sacerdote que ha construido dos iglesias en Bellavista, una que se ve a lo lejos por el motivo arquitectónico de dos manos unidas en ademán de oración al Altísimo. Consiguió los fondos para construir el hospital, la escuela primaria y el colegio secundario. Su dispensario atiende toda clase de enfermos, realiza cirugías menores y algunas mayores. Como una de herido con motosierra, la oreja cercenada y la carótida cortada botando sangre a borbotones; intervenido de urgencia por el cura, a quien los médicos quizá consideran un curandero, a los quince días ni se notaba que hubiese sufrido tal percance.

El Padre José sufraga los gastos de educación de cuatro auxiliares y cuatro licenciadas en enfermería, aparte de orientar futuras enfermeras en los rudimentos iniciales de cuidar enfermos. Mantiene un comedor de cien niños, veinte ancianos y una guardería de más de setenta infantes. Fundó un internado de treinta internos que estudian secundaria con cama, comida y gastos cubiertos, con la ayuda de monjas cuya venida él mismo gestionó.

La emergencia de la fiebre hemorrágica por los años 60, empezó en un lugar llamado El Huayo, entre Bellavista Vista y Magdalena. En la vecina Orobayaya, solo quedó un terco ya que todos murieron o se mudaron. En medio de la sicosis de la epidemia, el Padre José atendió a los enfermos en sus casas y en la parroquia de Magdalena: nadie quería ir al hospital, porque el nosocomio era para morir. Quizá tenían razón, contó, recordando a un joven que con 41 grados de fiebre rehusaba ir al hospital. Todos pensaban que tenía la fiebre hemorrágica, pero el padre José, sintiendo el aliento fétido del enfermo y enterado que el joven se había atiborrado de tamarindo, semillas y todo, lo curó con un enema de agua, jabón y aceite. “Yo mismo fui tratado de fiebre hemorrágica, pero insistí que me sacaran sangre y me testearan por malaria. Di positivo y fui curado”, narró.

El narcotráfico ha distorsionado el progreso de Bellavista con media docena de karaokes y una taberna a la vera del río. El Padre José enfrentó a uno de los nuevos ricos, que abrió uno cuyos parlantes gigantes ensordecían la paz de la hora de la oración, hasta la madrugada. Enfrentado el empresario de la bonanza pichicatera, porque las borracheras sabatinas mermaban fieles de la misa de los domingos y la asistencia al trabajo los lunes, adujo el sinvergüenza que “tenía deudas”. Tuvo que tragar la reta sacerdotal de que con tal argumento, deberíamos asaltar bancos y robar en los caminos.

A sus 87 años, el Padre José no desfallece en su fe de que Dios proveerá. Sin embargo, faltan recursos para los cursillos de cristiandad organizados para curar el alma. Escasos son los fondos para pagar pasajes y reponer medicinas. Si está en el corazón de algún lector hacer el bien sin mirar a quién, cualquier donativo será bienvenido en la cuenta de José Manuel Barrio Fernández (el Padre José) y Roberto Bordi (Obispo Auxiliar del Vicariato del Beni), Nº 511-2-1-00890-8, PRODEM, Trinidad, Beni, Bolivia. El Señor se lo pagará con creces. 
   
www.winstonestremadoiro.com   winstonest@yahoo.com.mx



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