Barlamentos Por Winston Estremadoiro
Barlamentos

LA BANALIZACION DE LA NOTICIA

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Algunas veces me sale raudo escribir, cual transitar en calles de pavimento rígido, aquellas que la politiquería de asegurar votos en las urnas lleva a recónditos barrios. En otras ocasiones no tanto; son más los saltos y la suspensión del carro estropeada en arterias bloqueadas por rompe-muelles. El otro día la musa literalmente me arrancó de sueño inquieto llamando mi atención a la banalización de la noticia.

 

Hay pocas dudas de que la revolución de las comunicaciones conlleva la trivialización de hechos que por su naturaleza merecerían tratamiento acorde con su gravedad. Recuerdo, por ejemplo, que la tele trasladada a comedores estadounidenses, hizo de truculencias de la Guerra de Vietnam un aderezo más en la dieta diaria. Las escenas de muertos y heridos, mejor si de enemigos foráneos, eran vistas con la frialdad e indiferencia de un “pásame la sal, por favor”.

 

Eso era hace medio siglo. Desde entonces, avanza incontenible la globalización de artilugios de la comunicación, en especial los que ingresan a la imaginación por ojos y oídos. Como la televisión, a la que hoy acompañan la computadora, la Internet y los cada vez más sorprendentes teléfonos celulares. Esperen nomás que se apele al olfato, como en un póster de una modelo desnuda, a la que frotarle cierta parte dejaba en los dedos la inconfundible fragancia de oscuras oquedades. Hoy los púberes se muestran los atributos íntimos por el celular, o hacen el amor por el Skype. Y los padres ni lo saben.

 

No había sido monopolio de metódicos alemanes la solución final que costó más de seis millones de judíos en el Holocausto nazi. Comparen con los asesinatos de centenas de miles, y el exilio de millones a gulags en helados campamentos siberianos durante la dictadura soviética estalinista. Luego vinieron los genocidios en los Balcanes, europeos que mataban a combazos por la práctica de una u otra persuasión religiosa. Después, matanzas de miles de Tsutsis descuartizados a machetazo sangriento por Hutus en Ruanda, en un África que a nadie importa. La muerte se ha banalizado en vivo y directo.

 

Tanta maldad suelta en un mundo cada vez más aldea global por la información disponible, viene apareada por la trivialización de la noticia como medio de mantener la atención del público. La distorsión de valores se observa en las miles de entradas en redes sociales, sobre una modelo dizque novia del Mundial y la quebrada de sus tetas donde guarda el celular. No resuenan tanto los niños vendidos por tres dólares en Potosí. Ni los dos tercios de la selva más hermosa del mundo, según D’Orbigny, que desaparecerán en cuatro lustros después de la apertura de la carretera al Beni.

 

El ejemplo banal cunde. La paraguaya de la sonrisa bonita tuvo competencia de opulentas mamas peruanas en la reciente Copa América de fútbol. Tengo suficiente morbo para ponderar adónde llegará la escalada baladí, que Paulovich denomina “boludí”. ¿Alguna se dará la vuelta al notar que está enfocada, mostrando la funcionalidad de encajar el monedero entre las medialunas donde la espalda pierde su santo nombre, algo que permite la combinación de calzón “hilo dental” y pantalón vaquero a la cadera?

 

No hay mal que por bien no venga. La revolución de las comunicaciones provoca la banalización de la noticia, es cierto. Pero también se presta a comparaciones que ridiculizan a los poderosos y dan a la gente el remedio de la sorna risueña.

 

Tomen por ejemplo a Hugo Chávez, soberbio dictador venezolano a quien el cáncer parece haberle devuelto la humildad. Hace casi un año echaba espuma por la boca, despotricando contra la Iglesia Católica. Insultaba de “trogloditas y cavernícolas” a los obispos y arzobispos de su país, por criticar el resbalón de su experimento bolivariano hacia un obsoleto y quebrado castro-comunismo. ¿No es conversión milagrosa que el miedo a la muerte le tenga ahora asistiendo a una misa concelebrada por altos prelados de la Iglesia, recibiendo con devoción “la unción de los enfermos”, antes llamada extremaunción? El “gorila rojo” recordando al monaguillo que fue y que en el fondo sigue siendo, según sus palabras. Por lo menos dejó en libertad al columnista Alejandro Peña Esclusa, aquejado de una dolencia similar a la suya.

 

Observen la última evada del Presidente. Alardeó que las obras de su gobierno –coliseos, colegios, campos deportivos, hospitales- son más grandes que las de la Iglesia Católica. ¿Durarán sus electoralistas campos deportivos en poblados sin agua potable, más que las iglesias misionales, los coros y orquestas del Barroco mestizo en pueblos misioneros del Oriente boliviano? Sin atribuir causalidad divina en respuesta a la soberbia presidencial, baste referirse a obras estrella del programa “Evo Cumple” en un municipio valluno. Hace un año se cayeron las graderías de una cancha multifuncional. Ahora demuelen un colegio construido con ostensibles fallas, antes de que caigan las paredes encima de los niños. Urge auditar la contratación y desembolso de obras de un programa demagógico que parece repartir prebendas en vez de servir al bien público. ¿Seguirá sin control el abuso politiquero de dineros de los bolivianos?

 

La revolución de las comunicaciones tiene otro lado positivo. Difunde noticias que amplían la conciencia social de la gente. Como dar cuenta de que los países de mayor blablá populista –Bolivia, Ecuador y Venezuela- son los países más pobres de Latinoamérica, según la fundación mexicana Ethos.  

 

 



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