Por Manfredo Kempff Suarez

Decisión acertada

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Tal vez mi nota resulte un poquito tardía, cuando las páginas de todos los periódicos de Bolivia – y del mundo – han comentado el gran acierto de la academia sueca al haberle otorgado a Mario Vargas Llosa en Premio Nobel de Literatura. No voy a agregar nada a lo dicho sobre la obra misma de Vargas Llosa, porque de eso se han ocupado miles de personas. Casi todos han demostrado su conocimiento sobre la prolífica obra del peruano y su alegría por el inmenso honor que ha recibido el escritor, con pocas excepciones que persisten en personajes torvos con su agrio y tozudo carácter zurdo, que pretenden recordarle a Vargas Llosa que en una época de su vida fue parte de la corte de Fidel Castro y que luego lo dejó. ¡En buena hora, por Dios!

Con esa gente no se puede discutir, no escucha razones porque está totalmente ofuscada, y entonces es mejor dejarla pasar. Son aquellos para quienes lo único valioso es la literatura “comprometida”, es decir, políticamente revolucionaria. Mala literatura, finalmente. Es la corriente que dominó durante muchos años, décadas, en la academia sueca, que se convirtió – en el caso específico de las letras –, en renuente a premiar a literatos que no se identificaran con las corrientes de izquierda. El ejemplo más conocido y decepcionante fue nada menos que Borges.

Como la alfombrilla contagia a todos los niños, así también contagió la Revolución Cubana a los intelectuales jóvenes de entonces. Quien no estaba con la Revolución era un desubicado cuando no un paria. Pero si la alfombrilla persiste en los viejos y no cede, eso ya es algo insólito que merece un estudio y la enfermedad cambia irremediablemente de nombre. ¡Es otra cosa peor! Y, claro, Mario Vargas Llosa, está muy lejos de caer en eso. Habría que preguntarle a Carlos Fuentes qué piensa hoy de los Castro; y a García Márquez que

A un hombre como Mario Vargas Llosa, amante y perfecto conocedor de la mejor literatura francesa, inglesa, rusa e iberoamericana; alguien que se entusiasma y llega al fondo del alma de una criatura como Madame Bovary o de un mujer de carne y hueso infinitamente desgraciada como Iréne Némirovsky; un impenitente viajero por los lugares más inverosímiles y conflictivos del planeta; estudioso serio que ilustra regalando sus crónicas periódicamente, no le queda más que asumir una responsabilidad que trasciende la tarea de un escritor cautivo por limitaciones dogmáticas.

A Vargas Llosa nadie le puede exigir aquello de la literatura comprometida, porque él no elude sus compromisos. Compromisos serios, no bravatas. No sumisión a una idea trillada y falsa para que le aplaudan su obra. Ha escrito magníficas novelas, es un maestro de la ficción, pero además  ha expresado toda su verdad política en la prensa escrita. Lo hace cotidianamente. Si ha existido una persona absolutamente comprometida consigo mismo ha sido el flamante Premio Nobel, porque su compromiso ha estado y está al lado de la libertad y la democracia. Nunca al lado de aventureros ni de bellacos.

Desde los años setentas Vargas Llosa ya empezó a impregnarse de los ideales liberales dejando de lado las fábulas izquierdistas, pero lo que hay que comprender es que el Premio Nobel de Literatura ha sido concedido al cuentista, al creador, al fabulista, al narrador,  al de Pantaleón, don Rigoberto o el “escribidor”; al de la madrastra, la tía, o la niña mala. Ese es el reflejo sin imposturas de una sociedad, es algo libre y sin ataduras, exenta a forzarse en escribir novelas “con mensaje” que son de una pesadez total porque el autor en vez de crear, de hacer arte con las palabras, de embellecer el idioma dándole luminosidad e ingenio, termina encasillado, sufriendo, tratando de convencer a los lectores con discursos mortificantes que son leídos de mal grado y por pocos.

No se trata, como ha afirmado el presidente Morales, de que sea “sospechosa” la designación de Vargas Llosa en Estocolmo como la del disidente chino Liu Xiaobo con el Nobel de la Paz; no es cuestión de ser “anticapitalistas” o “antiimperialistas; no se trata como ha dicho el Vicepresidente de que la academia sueca está “tomando un conjunto de decisiones particularmente extrañas, en términos a su apego político”. Esa es una fanfarronada. Se trata, en el caso del escritor peruano, de que la literatura está destinada a dar placer, a gustar, sin que el argumento tenga que ser precisamente inocuo o siempre feliz. Pero tampoco un espectro de llanto y muerte que deprime.

Escribir es un arte y de tal forma el escritor es un artista que debe hacer disfrutar al lector, ni más ni menos que como lo hace un pintor, un escultor, o un cineasta con su público. 
  
(*) Escritor y ex diplomático



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