Tierra Lejana Por Hernan Maldonado
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Entre los exiliados cubanos hay una enorme decepción. Una más. Tenían la esperanza de que la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, abogara por los presos políticos en su visita esta semana a Cuba.

Dilma, cuya popularidad en Brasil crece, se ha mostrado más hábil que su antecesor Lula da Silva en el manejo de sus relaciones internacionales. No se ha alejado de Hugo Chávez, pero lo mantiene a raya.

Se hizo la desentendida en la reciente visita a Latinoamérica del aislado tiranuelo iraní Mahmoud Ahmadinejad, quien llegó a Venezuela, Ecuador, Nicaragua y Cuba ansioso de respaldo internacional.

Dilma quizás aborrezca a los dictadores militares porque en su juventud fue víctima de ellos. A lo que no puede renunciar es a sus simpatías por la Revolución Cubana y su líder por sus largos lazos comerciales.

En su actual visita a Cuba, los exiliados cubanos que ven en ella a una demócrata, a pesar de su ideología, aspiraban a que en La Habana se reuniera con los disidentes y abogara por los presos políticos.

Dilma rechazó reunirse con los disidentes y en las redes sociales fue notable la honda decepción de los opositores en la isla y la diáspora, como lo hizo constar la bloguera Yoani Sánchez.

Hace algún tiempo los venezolanos opositores a Chávez también se decepcionaron porque confiaban en que el presidente Juan Manuel Santos sería su aliado por conocer las malandanzas chavistas con las narcoguerrillas de las FARC.

Poco antes de que Santos sea presidente, Chávez lo insultó groseramente. Parecía que no le perdonaba que, como ministro de Defensa, le haya ocasionado a las FARC terribles golpes.

Santos se tragó los insultos. Más le interesaba restablecer el comercio bilateral fronterizo por valor de 7.500 millones de dólares. Cortejó a Chávez, lo recibió en Cartagena y lo declaró “mi nuevo mejor amigo”.

¿Esto es nuevo? De ninguna manera. En la década del 70 gobiernos democráticos recibían a dictadores y los declaraban huéspedes ilustres. Ocurrió en Venezuela cuando Carlos Andrés Pérez le tendió alfombra roja al general Rafael Videla, quien sembraba de cadáveres Argentina.
Hoy Chávez es un dictador apoyado por una buena parte de la comunidad internacional con la que mantiene jugosos negocios comprándoles de todo, a costa de haber cerrado la mitad del parque industrial nacional y destruido la agroindustria con sus expropiaciones sin ton ni son.

También tiene apoyos de países-islas del Caribe y Centroamérica a los que entrega petróleo subsidiado o tiene reconocimiento por repartir dinero de los venezolanos. En 2010 regaló 10 millones de dólares a Uruguay para la remodelación del Hospital de Clínicas.

Al actual gobierno boliviano le entregó alrededor de 80 millones. 30 de ellos los donó públicamente en cadena nacional durante una visita de Evo Morales, quien entre agradecido y chistoso le preguntó: “¿Esto va a ser mensual, mi comandante?”
Brasil actualmente exporta a Venezuela más de 10.000 millones de dólares e importa alrededor de 500 millones. Obviamente Dilma no va a incomodar a Fidel Castro, ídolo de Chávez, abogando por unos presos.

Y es que John Foster Dulles, ex Secretario de Estado del presidente Dwight Eisenhower lo dejó dicho bien clarito: “Los países tienen intereses, no amigos”.



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