Por Guillermo Arroyo

¿CUÁNTA AGUA?

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Parece que van coincidiendo, aunque insuficientemente coordinados, algunos esfuerzos del gobierno para comenzar un debate que evolucione y busque respuestas a los problemas sobre el agua; algunos anunciados, otros intuidos por la población, pero casi ninguno resuelto.

Reuniones con regantes -aunque sean parte interesadísima en el caso de Cochabamba-, propuesta para nuevas formas o tipos de empresa para las ciudades de La Paz y El Alto, asignaciones para pequeños sistemas rurales de riego etc., así lo demuestran. El proceso sinceramente o si se obra con honradez tratando de resolver problemas, no puede escapar a las realidades globales o regionales que son  geográficas y que se imponen en un país con vastos recursos potenciales de agua ni siquiera rudimentariamente evaluados y que  se mueven en ámbitos fisiográficos, socioeconómicos o institucionales muy concretos y que condicionan las perspectivas hídricas para el verdadero aprovechamiento.

Desde la descripción y condicionamiento limitante del recurso mismo habrá que buscar saber cuánta agua hay. Este dato que es esencial y fundamental para todo lo demás que pueda estudiarse, proponerse o decirse no se responde con deliberaciones -como tenemos costumbre de hacer- o con la monserga que alguna vez soporte: “…Pero, Ingeniero, haya agua en Bolivia… sino que debe imprescindiblemente buscar dimensionarse para asignársele luego las diversas funciones que ineludiblemente concluirán en la búsqueda de utilidad y funcionalidad económicas. Sólo un ejemplo saltaría a la vista en el caso de la funcionalidad que no debe confundirse con uso y es el caso de la presencia del agua en apoyo al  equilibrio de los ecosistemas, función ya tan esencial que ha puesto en discusión la tendencia fríamente utilitaria de hace 40 o 50 años tendencia hacia el desvió de cursos de agua o a la construcción de grandes represas y el impacto de  cualquiera de ellas en la vida humana o la fertilidad de la tierra agrícola, siendo el caso de  Assuan  en Egipto el más dramático.  La realidad del uso o no, se encuentra profundamente imbricada en la conciencia de la especie humana y no puede ignorarse cuando se empiecen a enfocar, por las autoridades responsables, los fundamentos ambientales de las políticas públicas sobre el agua, ni siquiera lo será en el caso de las leyes que se discutan para las 2 empresas de agua potable en La Paz y El Alto y para las cuales las realidades geográficas imponen usar las “fuentes” en la altura de El Alto, aprovechando la presión para distribuirlas en la hoyada de la ciudad, realidad indudablemente del problema en la planicie misma de El Alto donde la menor diferencia de cotas hace más difícil sostener la presión del suministro en las redes.

Surgirán entonces, dentro de discusiones de mediana calidad técnica, preguntas tales como ¿cuán esencial para la continuidad de la especie humana resulta sostener la función ambiental del agua? O que ¿la conservación ambiental en el largo plazo resulta la necesidad principal sin la cual  las otras ni siquiera podían empezar a proponerse? o ¿el caso de la necesidad inminente para la agricultura andina? cada vez más critica por causa del calentamiento global.<



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