Por HAROLD OLMOS
Columnista invitado

¿SOBORNOS PARA CEDER EL ACRE?

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Entretelones de la historia (*)

Los cesión de territorios bolivianos a Brasil fue resultado no sólo de las debilidades de un país que descuidaba sus fronteras y carecía de una diplomacia consistente como la que estructuraban sus vecinos más importantes. Aparte de las deficiencias logísticas y la fragilidad de Bolivia, que acababa de perder su litoral con Chile, en la guerra del Acre pudo haber existido otro factor desagradable y desconocido oficialmente: la codicia y liviandad de funcionarios bolivianos que se habrían dejado sobornar. Los supuestos sobornos pueden haber sido cartas en la baraja del forjador de las actuales fronteras brasileñas e inspiración permanente de la diplomacia de ese país:

El Barón de Rio Branco. Pero la posibilidad de investigarlos documentalmente fue enterrada hace dos años, cuando Brasil acordó cubrir con un “silencio eterno” la información que cursa en sus archivos sobre los conflictos con Paraguay (Guerra de la Triple Alianza) y Bolivia. El motivo era no mancillar la imagen histórica del estadista, reverenciado en Brasil como lo es Bolívar en Venezuela y Bolivia.

Este elemento de las relaciones brasileño-bolivianas es uno de los capítulos novedosos que trae “Relaciones Brasil-Bolivia: La Definición de las fronteras” (Plural Editores, 246 páginas), una obra densa del periodista boliviano residente en Brasilia Walter Auad Sotomayor. Este jueves 8 de agosto tuvo su primera presentación en La Paz. Después lo hará en Cochabamba y en Santa Cruz.
Auad Sotomayor recorre la historia de las relaciones entre Brasil y Bolivia con la óptica de boliviano que reside en el país vecino hace muchos años y la agilidad narrativa de un periodista sazonado. Parte desde la colonia y pasa por las cortes de España y Portugal, hasta desembocar en las guerras libertarias y, de allí, observa el surgimiento de las repúblicas en las que se fragmentaba el imperio español frente al bloque unitario que se consolidaba en la región continental portuguesa.
Se suele decir que Brasil resultó grande porque los portugueses querían tener a España muy distante. A Bolivia, eso le representó 290.000 kilómetros cuadrados, casi una Santa Cruz. Pero el éxito brasileño en permanecer como un conjunto puede también ser atribuido a la visión de la corona portuguesa de traer al reino a Brasil y a mandar desde la colonia, lejos de las guerras que consumían las energías del viejo continente.

Bajo protección inglesa entre 10.000 y 15.000 hombres desembarcaron en Brasil junto a la corte en sólo un par de días en 1807. Probablemente fue una de las mayores operaciones navales hasta entonces conocidas. El historiador sugiere que esta masiva importación de recursos humanos confirió solidez al imperio que se gestó dando continuidad a una gestión administrativa bajo lentes más objetivos que si hubiese buscado una visión autóctona. En poco tiempo había un ejército organizado, un banco oficial y una diplomacia profesional. Bolivia, en contraste, se consumía en su lucha por consolidarse.

De la lectura de la obra se infiere que las relaciones con el gigante surgido al este, al norte y al oeste y que debían haber sido privilegiadas por los fundadores de Bolivia, surgieron de la intermediación de un diplomático colombiano más que de una gestión boliviana inteligente. También deja suponer que una buena gestión diplomática habría prevenido la guerra del Pacífico. El escritor detalla gestiones infructuosas (1838) del Mariscal Santa Cruz para conseguir apoyo naval brasileño que, años después, podían haber disuadido el avance de Chile sobre la costa boliviana y peruana.

La tenacidad de la frágil diplomacia boliviana para defender las conexiones nacionales con la ribera occidental del rio Paraguay resultado del tratado de San Ildefonso (1777) exhibe la incomodidad de depender casi totalmente de puertos sobre el Pacífico y la importancia de consolidar y ganar accesos al Atlántico, como después se insistiría desde Santa Cruz (Memorándum de 1904).

Este es sólo uno de los muchos episodios que emergen de la obra Auad Sotomayor. Por ejemplo, resulta evidente el empeño de Estados Unidos, al que el actual gobierno declara enemigo, por ayudar a Bolivia a paliar sus heridas causadas por la guerra del Pacífico y socorrerla en la cuestión del Acre.

La obra transcribe algunos acápites en la prensa cuando Brasil debatía el “sigilo eterno” sobre capítulos de la historia del vecino país. De un artículo de la periodista Eliane Cantanahede, de Folha de S. Paulo, el 18 de junio de 2011, extrae los siguientes párrafos (la periodista es una de las tiene mayor crédito en Brasil):

“En Itamaraty, los intereses (de sigilo eterno) son la Guerra del Paraguay (Triple Alianza) entre 1864 y 1870, cuando la población masculina fue prácticamente diezmada, y principalmente la compra del Acre a Bolivia (1903).

“Mientras la cuestión con Paraguay es tratada por historiadores, la compra del Acre podría exponer a Brasil internacionalmente bajo dos aspectos: afectar la imagen del Barón de Río Branco, ícono de las Relaciones Exteriores, e incluso generar cuestionamientos jurídicos sobre las fronteras.

“Quien conoce la papelada dice que hay documentos del Barón ofreciendo so¬borno al gobierno de Bolivia en la época”.

El presidente Morales no estaba lejos de la verdad cuando, en 2006, en Londres, espetó sobre delegados brasileños que asistían a una conferencia y en la que se había hablado de la toma militar de las instalaciones de Petrobras en Bolivia, que a su país lo despojaron de territorios extensos y que incluso había llegado a cederlos a Brasil a cambio de un caballo. Sólo que el mandatario boliviano confundió la geografía: Mato Grosso por el Acre y los tiempos y personajes.

La historia es más específica, recuerda Auad Sotomayor. La presencia boliviana en el Acre era mínima y, tras varios incidentes en los años anteriores, la derrota fue decidida cuando el Barón de Rio Branco lanzó un ultimátum: Brasil tenía 8.000 hombres prontos a avanzar sobre la zona. Bolivia, sólo un décimo. La debilidad de Bolivia, derrotada en la guerra del Pacífico, facilitó el avance de las metas de Brasil que, al agudizarse la controversia sobre el Acre, prohibió el tránsito de mercaderías de y hacia Bolivia por las rutas del Amazonas. De la lectura se siente que Bolivia tenía una soga en el cuello amarrada desde dos puntas: en el oeste, con Chile, y en el este, con su vecino mayor.

Otros hechos habían sucedido para desembocar en la orfandad boliviana. La tentativa de formar un consorcio anglo-norteamericano para administrar el Acre y volverlo una región viable para Bolivia fue resistida activamente por Brasil, cuenta el escritor, que temía que el consorcio conllevase propósitos que más adelante pudiesen amenazar su propia soberanía. Los estados locales antipatizaban la instalación de una aduana que empezaba a cobrarles impuestos sobre el caucho, la riqueza que había movilizado a millares de brasileños hacia el lugar en el que eran franca mayoría.

Jugó con la mano de Brasil la torpeza boliviana en sus relaciones exteriores que la dejaba sin amigos decisivos. Belzu había expulsado al encargado de negocios inglés en 1853 en medio de “desmanes”, de acuerdo a la descripción del autor. Ese nivel de relaciones sería repuesto 44 años después y hecho efectivo sólo en 1903, cuando el Acre ya estaba perdido.

Auad Sotomayor registra que la negociación que definiría el futuro del territorio se llevó a cabo en Petrópolis, cerca de Río de Janeiro, en un lugar inconveniente, por lo menos diplomáticamente: la casa del Barón. Con la disputa con Bolivia, el Barón iba a alcanzar el cénit de su prestigio diplomático. Bolivia había rechazado tanto la compra como un canje de territorios y la tensión entre los dos países crecía y se especulaba sobre una guerra. Bolivia llegaba al territorio disputado en meses, a veces hasta más de un año, y los empresarios bolivianos tenían que pasar por territorio brasileño.

La obra subraya que a cambio de los territorios adquiridos, en el Tratado de Petrópolis (1903) Brasil cedió trozos estratégicos: los 2.300 kilómetros cuadrados de Mato Grosso que reabrieron a Bolivia el margen derecho del rio Paraguay sobre una ribera de 400 kilómetros y permitieron construir Puerto Busch, ahora vital para exportar por el Atlántico. Resultado del reacomodamiento fronterizo es también la actitud de Brasil, constituido en garante de la integridad territorial boliviana.

 



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