Por Guillermo Arroyo

AGUA PRECIOSA

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Conviene ni siquiera anticipando sino más bien ante su inminencia, algún enfoque sobre la crisis amenazante y sus secuelas todas depredadoras, que la disminución de agua cruda en las fuentes cordilleranas vecinas al altiplano, resultará de los deshielos y por efecto del cambio climático, ya casi muy visibles en los casos de Chacaltaya o Tuni.

Ambos son muestras iniciales de una crisis catastrófica para los recursos vitales que afectan a la mayor concentración humana que tiene Bolivia, es decir a la existente entre El Alto y el Lago Titicaca y dentro la cual, más de un millón de personas viven de la agricultura de subsistencia. Este índice también demostrativo de pobreza y depauperación ancestral crecientemente irá pareciéndose al  África del sur-Sahara a medida que a los otros componentes de productividad agrícola ya escasa, se añada la carestía de agua potencial para el micro riego y la resultante mayor improductividad de la parcela. Añadida a la de energía, también incierta como se ve por falta de inversión en el sector de hidrocarburos e hidroelectricidad y que tendrá inmensas consecuencias humanas, no solo para la población rural asentada, sino también ocasionando migración masiva y éxodo interno y externo, junto a las disminución en la producción ya limitada de alimentos, en una década sobreviviente de carencia y carestía.

Los efectos de la menor agua disponible equivalen a impactos negativos comparables a una sequía prolongada e inciden directamente en la inflación que ya se atisba. Las adicionales consecuencias ocasionarán cambios estructurales en la demanda y  tensiones en la oferta de alimentos básicos para la dieta rural y urbana ya pobre y la consecuente mayor desnutrición.

Ni como pensar, por la falta de agua como elemento esencial para la productividad agrícola del altiplano, en que los agricultores pobres aumenten la producción de bienes agrícolas paras cubrir las demandas. El vector contrario, es decir la escasez y aridez desértica son los escenarios más probables para la estabilidad social del medio rural tan vecino a El Alto y desde luego a La Paz, estabilidad alterada por el hambre, la desertificación y el desarrollo no planificado.

Acostumbrados a no prever nada, nos encaminamos lentamente a una catástrofe de consecuencias humanas y sociales que no tienen como contraparte una conciencia del peligro y lo que es peor, ni el recurso humano y técnico para que después de anticiparlas, elaboremos hipótesis para confrontarlas. Hoy en Bolivia, ningún centro de estudios superiores enfoca con algún rigor y perspectiva los problemas derivados de la economía e ingeniería de los recursos de agua, la práctica es casi nula y el énfasis está más bien en la provisión de agua potable y la disposición de aguas servidas, antes que en los aspectos globales que atingen al problema de agua en aridez. Últimamente y para estar de moda con algunas ONG’s se piensa más bien como ciencia social que no absuelve las preguntas concretas de la producción, almacenamiento, transporte o distribución de agua para riego o consumo humano en las ciudades, todas ellos tan objetivas como las preguntas de ¿cuánta agua habrá, cuánto costará o quién asumirá los costos de ponerla al servicio del hombre?

El deshiele, como si lo anterior resultara poco, añade a esta realidad de indiferente ignorancia la incógnita de cantidad de agua variable y disminuida en las fuentes naturales, como imposibles de anticipar y problema adicional para el diseño hasta que precisarla resulte nuevamente caro y prolongado.

Nada de esto podrá hacerse, igual que en el caso de los hidrocarburos, sin verdaderas corporaciones de profesionales, escuelas de pensamiento, experiencias compartidas e interdisciplinarias y aún, quizás también políticas, que nos permitan avanzar con consistencia y ritmo. Esta nada es, junto a la carencia de recursos de capital y tecnología, quizás componente adicional y esencial el problema  Mientras tanto, casi como en el caso de  Cochabamba, ya decano por decir menos, hoy seguimos sin que haya tarde, nunca, agua para los pobres de la ciudad, sometidos todos a la necesidad del vital líquido y a los mercados especulativos e informales de agua infectada, ante un estado irresponsable y necio que vincula su “Ministerio del Agua”, más bien en el caso  anterior con un profesional de la carpintería, noble profesión hermana de la ebanistería, que infelizmente no tiene que ver con los problemas de inminencia planteados de climas más calientes y secos que vendrán, donde no fluya más agua.

 



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