Por FRANCISCO ROQUE BACARREZA
Columnista invitado

Irreverentes ante el poder

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Ana María Campero de Romero solía decir, en términos coloquiales, que el periodista debe ser irreverente ante el poder. La convicción de la periodista, corresponsal de agencias internacionales de prensa y profesional que ocupó altos cargos en la jerarquía del gobierno, tenía y tiene validez porque la señora transitó por las dos veredas de la información y su convencimiento en basó en la búsqueda de la verdad, independientemente de su efecto. Como comunicadora trabajó con ética en la indagación noticiosa, como alta funcionaria fue fuente informativa.

La convicción de Ana María fue válido ayer, como en los años de dictaduras militares en los que la noticia suponía muchas veces riesgo de seguridad personal y peligrosa exposición para el medio de prensa, y es totalmente válida hoy. El periodista está en la obligación de testimoniar los hechos de la forma como se suceden, en función a la ética profesional, sus valores morales y el compromiso profesional de servir a la sociedad a la que pertenece.

La agitada historia del periodismo boliviano está lleno de antecedentes en los que el reportero puso por encima de su seguridad personal y del medio el deber de informar.

En la historia se recuerda que después del cierre de la Sala de Prensa del Palacio de Gobierno en La Paz, los reporteros habilitaron las gradas de la catedral para convertirla en trinchera desde la cual trataban de quebrantar el silencio oficial y el mañoso ocultismo.

Luís Espinal fue asesinado, no por ser un “cura comunista” como lo identificaban los gorilas uniformados, sino porque desde el semanario “Aquí” desafiaba a la dictadura con informaciones que ponían en evidencia las tropelías de los generales. Luís Bascopé, entonces fotógrafo de “Presencia”, tuvo el coraje de publicar una foto premonitoria de la caída de García Meza, en la que se veía al dictador cayéndose en las gradas de la Catedral.

Después del golpe militar de 1972 una generación de periodistas fue perseguida y sufrió prisión y destierro porque los amos del poder temían su capacidad informativa y su irreverencia ante el poder de bota. El periodista tiene ante todo ser irreverente ante el poder, de otro modo no se entenderá la historia de Watergate que llevó a la tumba política al entonces presidente Richard Nixon. Los amos del poder, como las tormentas, pasan, los periodistas y su testimonio permanecen como fuente enriquecedora de la Historia de los países.

(ANF)



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